Universo paralelo

23 - febrero - 2012 | 9:40 am

Una dieta exitosa

Paulina Chávez Alonzo

Destacado:

Sobre la reforma electoral aprobada en 2007 mucho se ha dicho de si es buena o mala, cuando en realidad creo que el problema viene desde la raíz, pues fue diseñada en función de una sociedad que no somos

No tengo la cifra exacta, pero imagino que una gran cantidad de mexicanos hemos intentado perder peso a través de una dieta. Todos hemos recibido la recomendación de alguien a quien le funcionó alguna en particular, pero ¿de qué depende de que con nosotros ocurra lo mismo? En gran medida, de que se adapte a nuestra forma de ser, hábitos, preferencias e incluso a nuestros tiempos. Es la única forma en la podrá convertirse en un esfuerzo sostenido y arrojará resultados.

Si al momento de acudir con el nutriólogo le hablamos de lo que nos gustaría ser, en lugar de lo que en realidad somos; si le decimos que hacemos ejercicio regularmente, que comemos siempre a horas fijas y en casa, él nos armará el plan con base en esa información que, de no ser cierta, únicamente complicará la obtención de éxito porque, eventualmente, al no adaptarse a nuestra forma real de vida o a nuestros gustos terminaremos abandonando.

Algo similar está pasando con las leyes en México, de manera particularmente visible con la reforma electoral aprobada en 2007. Mucho se ha dicho de si es buena o mala, cuando en realidad creo que el problema viene desde la raíz, pues fue diseñada en función de una sociedad que no somos.

Todos deseamos que haya legalidad en las contiendas, que el factor del dinero no sea determinante al momento de elegir a los gobernantes, que más allá de ataques estériles los candidatos a un puesto nos digan cómo le van a hacer para resolver los problemas más urgentes, que no nos saturen con sus mensajes, que no se gasten nuestro dinero en anuncios.

Eso era lo que querían también los legisladores que aprobaron las reglas con las que se está jugando este juego. Y digo “querían” porque así, tal cual, el cimiento principal fueron los buenos deseos y no un diagnóstico sólido del tipo de sociedad que somos, de nuestro comportamiento electoral y, sobre todo, del de los diferentes actores políticos.

Con los agravios y las heridas frescas, los legisladores se ocuparon más por atender lo que había arrojado el pasado que en pensar en el futuro. Quisieron que las contiendas estuvieran marcadas por la equidad y entonces repartieron los espacios en los medios de comunicación en función de la votación obtenida en la elección federal anterior, sin posibilidad de comprar espacios; asumieron que en un futuro podrían también ser víctimas de la “propaganda negra”, así que la prohibieron, y para evitar que los funcionarios utilizaran sus puestos para promocionarse indebidamente acortaron dramáticamente el tiempo de las campañas.

¿Cuál fue el resultado? Una ley que todo mundo busca evadir, una simulación que únicamente ha echado para atrás avances importantes en fiscalización y rendición de cuentas y ha generado, como toda prohibición, un mercado negro en el que sigue predominando el dinero, sólo que ahora en total opacidad. Es un hecho que vendrá una contrarreforma; quizá a los nuevos legisladores habrá que contarles cuál es el secreto de una dieta exitosa.

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