Desde la capital

20 - febrero - 2012 | 5:00 am

Nuestros semejantes

Fernando Ortega Pizarro

Destacado:

En su estupendo libro “Ética para Amador”, el filósofo español Fernando Savater señala que tener conciencia de nuestra humanidad consiste en darnos cuenta de que, pese a todas las muy reales diferencias entre los individuos, estamos también en cierto modo dentro de cada uno de nuestros semejantes 

Como político, Felipe Calderón Hinojosa tiende a simplificar la realidad, en donde sólo hay buenos y malos. Llevada esta visión al extremo, el mundo se reduce a dos: él y los demás.

Así, durante la campaña presidencial de 2006 consideró a Andrés Manuel López Obrador como “un peligro para México”, ubicándose él, naturalmente, en el lado positivo.

Como presidente dela Repúblicaidentificó un nuevo frente: los criminales. El país se dividió entre ellos y los pacíficos. Sin duda, hay narcotraficantes o jefes del crimen organizado despreciables, pero entre las miles de personas que reclutan simplemente hay gente desesperada, motivada por un deseo de mejorar su nivel de vida.

Con Calderón no hay comprensión para ninguno, eso estorba. En su estupendo libro “Ética para Amador”, el filósofo español Fernando Savater señala que tener conciencia de nuestra humanidad consiste en darnos cuenta de que, pese a todas las muy reales diferencias entre los individuos, estamos también en cierto modo dentro de cada uno de nuestros semejantes.

Cita a Marco Aurelio, que fue un emperador romano y filósofo, algo inusual en un gobernante: “Al levantarte hoy, piensa que a lo largo del día te encontrarás con algún mentiroso, con algún ladrón, con algún adúltero, con algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como hombres, porque son tan humanos como tú y por lo tanto te resultan tan imprescindibles como la mandíbula inferior lo es para la superior”.

Aclara que Marco Aurelio no era un imbécil, porque sabía muy bien que hay gente que roba, que miente y que mata. Tampoco suponía que por aquello de llevarse bien con el prójimo hay que favorecer semejantes conductas. Pero tenía bastante claras dos cosas muy importantes:

La primera, que quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa de cualquier modo de uno, no por ello deja de ser humano y, por eso mismo, “aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más conveniente para nosotros, lo más imprescindible…”.

La segunda, que es muy importante el ejemplo que damos a nuestros congéneres sociales, pues es casi seguro que en la mayoría de los casos nos tratarán como se vean tratados.

Propone estudiar lo que hacen esos que llamamos “malos” (“criminales”, con Calderón) e incluso ponernos en su lugar, y para ello se apoya en la historia de Frankenstein: “En la novela de Mary W. Shelley en la que se basa la película, la criatura hecha de remiendos de cadáveres hace esta confesión a su ya arrepentido inventor: soy  malo porque soy desgraciado”.

Reflexiona el filósofo español: “Si se comportan de manera hostil y despiadada con sus semejantes es porque sienten miedo, o soledad, o porque padecen desgracias, y la mayor de ellas es verse tratados por la mayoría sin amor ni respeto, tal como ocurría a la pobre criatura del doctor Frankenstein, a la que sólo un ciego y una niña quisieron mostrar amistad”.

Y añade: “Si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo, ¿no será cosa prudente intentar fomentar todo lo posible la felicidad de los demás en lugar de hacerles desgraciados y por tanto propensos al mal? El que colabora en la desdicha ajena o no hace nada para ponerle remedio… se la está buscando. ¡Que no se queje de que haya tantos  malos sueltos!”

Comments

Powered by Facebook Comments