Gerardo Rodríguez
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La realidad dista mucho de los discursos que cotidianamente nos receta el presidente Calderón sobre la cobertura de los programas sociales del gobierno federal
Cuando se anuncia por parte de las autoridades federales con bombo y platillo la implementación de diversos programas sociales con cobertura de ayuda a millones de mexicanos, cualquier ciudadano de a pie pensaría que con acudir a una ventanilla y cumplir los requisitos sería automáticamente beneficiario de los programas.
Hay quienes lo intentan y se topan con la negligencia, burocracia, indolencia y corrupción de quienes son contratados para aterrizar esos programas, sobre todo en sectores vulnerables de la población, por su pobreza y falta de preparación, y hay otros que viven cotidianamente un verdadero viacrucis para recibir ya sea atención médica o apoyos.
La realidad dista mucho de los discursos que cotidianamente nos receta el presidente Calderón sobre la cobertura de los programas. Muestra tangible es el Seguro Popular que se implementó de un día a otro, sin la planeación ni los recursos materiales y humanos suficientes.
El resultado es que las instituciones de salud públicas están rebasadas. Los médicos que atendían cotidianamente veinte pacientes al día, al día siguiente han tenido que atender a treinta o cuarenta; ni qué decir de la todavía escasa capacidad de hospitalización y la casi nula cobertura de medicinas y tratamientos, que mención aparte merece.
En el caso de las despensas que mes con mes se entregan a beneficiarios de ese programa, quien se haya registrado para recibir ese apoyo debe ser ama de casa o estar desempleado, toda vez que tienen que perder materialmente todo el día.
Para la tecnocracia, la implementación y aplicación de programas sociales se ha convertido en un asunto meramente estadístico y de estudio de las políticas macroeconómicas.
Nos recetan teorías económicas basadas en la parábola de no regalar el pescado, sino enseñar a pescarlo; que los programas asistenciales no se deben seguir aplicando, que es sólo a través de inversiones productivas como se va a generar riqueza y que finalmente el mercado va a equilibrar la balanza.
En teoría suena perfecto, pero la brutal realidad rebasa toda estadística. El problema es que la mezcla de los ingredientes miopía, indolencia, corrupción, extorsión y manipulación partidista ha ocasionado que muchos de los programas se queden en el camino y no lleguen a quien verdaderamente los necesita, sobre todo, como lo he referido, a zonas de pobreza extrema y personas con muy escasa preparación, como corresponde fehacientemente a la región Otomí-Tepehua, donde de viva voz una mujer indígena que vive en una choza de madera con techo de lámina, a dos horas de camino de la cabecera municipal, me platicó recientemente que acudió a la cabecera municipal, precisamente a la oficina habilitada en la alcaldía, a solicitar ser inscrita en el programa de ayuda a las personas de la tercera edad.
Quien la atendió le preguntó para qué quería recibir ese apoyo, que a lo mejor ya no lo alcanzaría a recibir por su edad, que regresara otro día. Hasta la fecha no lo recibe y, me consta, vive en condiciones muy difíciles. Para esta persona, el apoyo, más que una estadística, es la diferencia entre comer y no comer.
Ya ni les platico de la corrupción, que va desde la negativa a inscribir a las personas a los programas por filiación política o la exigencia de porcentaje de lo que se vaya a recibir, hasta la depuración de las listas de autorización por motivos clientelares.
Bien harían quienes coordinan estos programas en dejar la comodidad de su oficina y acudir al campo, para que se percaten que no todo lo que brilla es oro. Hasta la próxima.






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